Vocento opera 13 marcas informativas en tres grupos editoriales. Cada marca había construido su propia experiencia de suscripción adaptando componentes de otras marcas del grupo — y después adaptando esas adaptaciones.
El resultado: un ecosistema de código fragmentado, patrones de UX inconsistentes y funnels de conversión que nadie entendía del todo ni podía modificar con seguridad. Cada cambio exigía coordinar a varios equipos de desarrollo. Cada experimento corría el riesgo de romper marcas adyacentes.
El modelo de suscripción generaba ingresos a pesar de sí mismo — no por existir un sistema coherente.
Todo el mundo sabía que el funnel estaba roto. Nadie tenía la autoridad — ni la arquitectura — para arreglarlo sin poner en riesgo lo que ya funcionaba.